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En la Logoaudiometría el método Argentino y los protocolos internacionales hoy se debate un dilema que trasciende fronteras: la tensión entre la eficiencia del tiempo y la profundidad del diagnóstico clínico. Como profesionales, a menudo nos vemos tentados por la celeridad de los protocolos internacionales, pero es imperativo analizar técnicamente qué información obtenemos en cada metodología y cómo esto impacta en nuestra conducta clínica.
Si analizamos las tendencias en Estados Unidos, donde predominan las normas de la ASHA y las actualizaciones de Statpearls, observamos un enfoque centrado en la eficiencia estadística y la validación del umbral tonal.
El SRT (Speech Reception Threshold) se define como la intensidad más baja a la que el paciente identifica el 50% de los estímulos (generalmente bisílabos espondeos). Protocolos como el Método de Chaiklin o el de Martin simplifican la búsqueda a muestras acotadas de apenas 2 a 4 palabras por nivel para ganar celeridad.
La evidencia científica recopilada por StatPearls en «Speech Audiometry» subraya que la función primordial del SRT es el «cross-check» con el promedio de tonos puros (PTA), esperando una concordancia de +/- 6 a 10 dB. Un punto crítico de estos protocolos es la recomendación del uso de material grabado por sobre la voz viva (monitored live voice), con el fin de eliminar el sesgo del examinador y garantizar la reproducibilidad de la prueba. En estos esquemas, se suele prescindir del Umbral de Voz, enfocándose directamente en el reconocimiento de la palabra como punto de partida.
La escuela de fonoaudiología de Brasil, bajo las guías del Conselho Federal de Fonoaudiologia (CFFa), aplica una rigurosidad técnica centrada en la validación estadística y la terminología precisa:
Para la escuela brasilera, la concordancia es una regla innegociable: si la diferencia entre el reconocimiento de habla y el promedio tonal supera los 10 dB, el protocolo exige una revisión íntegra del estudio para asegurar la fiabilidad de los resultados.
En Argentina, la metodología tradicional propone una evaluación que busca determinar diferentes estadios de la audición frente al lenguaje. En esta práctica, el material de elección son las listas de 25 palabras bisilábicas del Dr. Tato y colaboradores, con las que se busca sistemáticamente:
El uso de una muestra de 25 palabras permite graficar una curva de inteligibilidad completa. E
Como profesional con más de 35 años de experiencia, considero fundamental invitar a una reflexión sobre la adecuación del método al sujeto evaluado. No evaluamos oídos, sino personas en contextos clínicos, etarios y comunicativos específicos.
La decisión de qué protocolo aplicar debe ser siempre una decisión clínica soberana. Es necesario analizar si la presión asistencial de los entornos saturados está ganándole terreno a la profundidad del diagnóstico. El desafío reside en discernir cuándo la sospecha clínica (ya sea por la edad del paciente, la complejidad de la patología o la necesidad de una selección precisa de equipamiento) nos exige priorizar la riqueza de la evaluación tradicional sobre la rapidez de la estandarización internacional.
Si bien la estandarización internacional suele promover el uso de material grabado para evitar sesgos, la realidad de la práctica diaria nos interpela. Es frecuente observar cómo la urgencia por cumplir con los tiempos asistenciales lleva a una presentación de estímulos demasiado acelerada, algo que muchos pacientes —especialmente adultos mayores— manifiestan como una sensación de ser ‘apurados’. Aquí es donde la voz viva, monitoreada con precisión a través del vúmetro del audiómetro, se convierte en una herramienta de personalización indispensable. Esta modalidad nos permite regular el ritmo de presentación según los tiempos de procesamiento de cada sujeto, asegurando que la evaluación refleje su capacidad real de detección y reconocimiento, y no una respuesta condicionada por la prisa del examinador o la rigidez de un formato estandarizado.
En patologías sensoriales o retrococleares, donde la inteligibilidad cae a intensidades altas (fenómeno de roll-over), el uso de protocolos reducidos de 2 o 4 palabras nos impediría detectar este descenso. Al «cortar» la evaluación antes de tiempo por buscar rapidez, perdemos la capacidad de observar la fatiga o la distorsión del sistema auditivo a niveles supraliminares. Solo la lista completa nos garantiza ver el desempeño real del paciente y asegurar la correlación necesaria con el promedio tonal.
Mantener el Umbral de Voz en nuestra batería de pruebas no es una cuestión de costumbre, sino una herramienta de detección que nos sitúa frente a la realidad del paciente que estamos evaluando. Este dato, que correlaciona directamente con los umbrales tonales de 500 a 4000 Hz, nos ofrece una base sólida antes de avanzar hacia la tarea cognitiva del reconocimiento. Al final, el equilibrio entre eficiencia y precisión depende de nuestra capacidad para elegir la herramienta que mejor represente la capacidad real de comunicación de quien tenemos enfrente.
